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martes, 31 de julio de 2012

Inmersión de riesgo en el azar.

Me hallo perdido en la más profunda virtud pragmática del deseo. Soy un fin al que han desembocado mil causas. Soy consecuencia de la necesariedad de mi destino, de la efimeridad de mi paso, y de la eterna agonía en la que me sumergí por azar.

Ya no sé reír, ya no sé soñar, y ahora me planteo si podré seguir soñando, o si las pesadillas protagonizarán las pocas horas que dedico al descanso. Así ocurre últimamente. Así quiere verme la suerte, intentando alcanzarla con probabilidades nulas de éxito.

Esta mañana ella decidió cambiar mi destino. Pudo elegir hacerlo, privilegiada, a cambio de un beso en un portal de mármol veteado.

No más rosas en mi jardín.

El viento esta noche invita a describir su aroma, ese aroma de la ciudad mojada. Suenan las ramas peleándose, la monotonía de la lluvia en el asfalto y la Luna oculta tras las nubes susurrando. La noche es curiosa aunque no haya estrellas, porque la melancolía del otoño se camufla en esta tormenta. Y si fuera un lienzo este cielo gris, sería su lluvia quién pintara de color al que hoy maneja el pincel. Porque sí, este cielo gris pinta sonrisas.

La deseo en secreto, así que espero que el olor de la lluvia me traiga más sueños que recuerdos la melancolía. La necesito, furtivamente, la quiero a hurtadillas. Pero ya dije que en este jardín no quedaba sitio para los rosales, y menos para sus espinas, aunque quizá tampoco para los pensamientos divagantes, divergentes e ingenuos de otras flores.

Historias de Metro.


Y qué escribir que no haya escrito ya, y el qué dirán, qué mas dará, si es que vuelvo a ver una luna sonriente en cuarto creciente que ríe y siente y me acerca al mar, sin naufragar, porque el mástil se hizo de acero, bien para soportar tormentas, bien para taparme el agujero.
Así va mi navío, donde el viento quiera llevarlo, hacia el Sol algunos días, al final de aquel verano, y otros a lagunas frías que no quieren recordarme.

Es por ese veneno de tarántula, o de cuando me mordió aquella arpía, no me acuerdo, soy primerizo en esto de las heridas que tardan en cicatrizar, y pionero en este habitáculo de paredes rojas donde las ventanas rechinan y que algunos llaman corazón. El mío a veces late, otras no, o eso es lo que sientes cuando alguien se empeña en abrir esas ventanas sangrantes por las que hoy sé escapar y encontrar la luz a través de los ojos de quien me hace soñar.
Son historias de metro, de un don nadie que se cree más fuerte por levantarse siempre, pero es que alguien dijo que quien sabe levantarse nunca se sentirá fracasado... Eso dicen los afortunados que saben evadirse del pasado. Yo no sólo no sé, es que mi futuro se determina por el juego constante del pretérito y el azar, el viento, el tiempo, soñar, caminar sobre las aguas que a veces emanan de las estrellas, bailar con ellas, cantar que si quiero seguir vivo el pasado no me detendrá...

Y llega la noche y no duermo, los cadáveres no duermen, dicen, yacen, y así me siento, bueno, me tumbo, sobre la cama en la que yacíamos los dos.

Siempre podremos soñar.

No evito ver ennegrecer la noche sobre nosotros. "Que vuelvan mis navíos" repite un capitán de tierra con recelo. Yo saco una bandera negra y queda clavada sobre el asfalto. Nunca volverán, naufragaron, con mi esperanza de volver a gobernar un cuerpo que sólo aspira a un polvo, de ese iridiscente que a veces brilla en la oscuridad del cielo siniestro. Que vuelva la soledad a hacerme caso, que me ayude a pensar, como tantas veces, la manera de salir de aquí sin un rasguño más. "Que duerma" me dice, "que sueñe" le corrijo. Es lo importante ahora.

Por una buena causa.

"Todo fue por una buena causa" me repito inconscientemente. ¿Por qué mi corazón trata de buscar excusas para evadir la culpa de haber tropezado en un abismo de tormenta?
Parece que me niego a cerrar algunas brechas.

Busqué una cura para un mal sin remedio, una salida en el fuego del infierno, y tropecé mil veces con el frío del mismo invierno.

Sin condicional.

En esta noche gris no caben más estrellas.
Con tu mirada inundas mi cielo, mi techo, el abismo insalvable que nos mantiene a una distancia prudencial. Son mi excusa para soñar, incumplir la condicional y mi promesa de dejar las drogas hasta el final.
Son una guía extraña en la penumbra de una sombra maldita, una atalaya que alcanza a enseñarme el camino entre las calles mojadas.
Son mi seguro ante el fracaso, el aire que respiro para vivir y seguir soñando mi sueño, que protagonizan, otro bucle infinito cuya finalidad es facilitar que pueda alcanzar la felicidad comprendiendo la belleza absoluta de las pupilas dilatadas.

Suenan algunos recuerdos grises, y traen ahora color. Espero que traigan además el sabor por el que llevo suspirando semanas.

Me duelen algunos huesos, tras el accidente me ingresaron aquí, como consecuencia de mi progresivo desangramiento. Las cuchilladas habían sido profundas, pero sigo queriendo a esa loca que me mantenía con vida antes de querer arrebatármela para siempre.