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lunes, 4 de junio de 2012

Recibí a la vida con un ansia insólita, y me di cuenta de que no era para tanto.

Recibí a la vida con un ansia insólita, y me di cuenta de que no era para tanto.

Es que no es vivir, es lo que lo dota de significado lo que constituye su esencia, la esencia vital. Somos viajeros de un mundo que nos lleva a la tierra, de un ciclo que se renueva a lo largo de un tiempo en el que estamos inmersos, y es éste el que determina lo factible y lo no factible, entre las numerosas potencialidades existentes y aun sin descubrir.
Por eso somos pequeños juguetes del tiempo, en un escenario inabarcable e incomprensible, como incomprensible es para la hormiga el concepto de kilómetro.
Es una maqueta sin dueño, una simulación de algo que nunca existe, y nosotros pasamos la oportunidad de la vida como si ésta existiera sólo para nosotros, creyendo que nuestra vida es nuestra. Y en cierto modo es así, pero no deja de ser absolutamente dependiente de los factores externos, y otra vez, del tiempo.
Por eso la vida en sí misma no es importante, es un producto más de lo condicionado espaciotemporalmente, pero nosotros, en un ansia creadora de manipulación, conceptualizamos la esencia vital como un todo al que se debe subordinar el otro Todo en el que el primero se incluye, el Mundo. Y esto, es contradictorio, pues supone obligar a que se someta aquello en virtud de lo cual existimos, esto es, hacer que el Todo por el que "somos" quede subyugado al todo individual. De este modo aparece el desequilibrio, que culminará con un dinamismo insostenible por el que la suma de nuestro pequeño todo particular destruirá el Todo que nos dio la vida.
Y, volviendo al principio, ¿Qué debe darle significado a la vida? ¿Cómo debe ser la esencia vital de cada uno para que todas las esencias vitales se complementen y no excluyan?
La respuesta es tan problemática como lo es la mente humana. No existe una ley moral absoluta de la que todos debamos participar, pues lo que algunos consideran justo, otros dicen que es injusto, y lo mismo con los valores del bien, el mal, lo oportuno, lo bello...
Sin embargo, sí que debemos tener una prioridad para que todas las esencias vitales puedan coexistir: que nuestro todo particular no consuma el Todo del que proviene más que en aquella proporción que las circunstancias tilden de oportunas.
Es decir, el desarrollo sostenible del mundo y de las relaciones humanas, conservar esta totalidad para que las generaciones venideras puedan satisfacer sus necesidades y apetencias, tanto vitales como sociales, evitando sobreexplotaciones y rivalidades. Así al menos daremos tiempo a nuestros sucesores de elaborar una ley moral lo más absoluta posible, siendo esta labor la tarea principal del filósofo.


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