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sábado, 2 de junio de 2012

Hasta entonces, si me preguntan, diré que te olvidé en otros labios, Suerte.

Quiero olvidarme de prejuicios y lanzarme a un vacío en el que el destino no me alcance, y así ser dueño al menos de mi suicidio... o de mi rescate.
Pero algo lo impide.
Quizá sea morbosa esa vida de pruebas de fuego, o aquella de ilusiones breves y eterna agonía, pero ahora eso es lo de menos.
Quizá debería saltar de una vez, besar el suelo con los dientes y adornar la estampa con mis huesos hechos trizas.
Quizá debiera ser naufragio y ahogarme de una vez entre cuatro paredes blancas, y así tener por fin el destino que se le reserva a los capullos, y se nos otorga a los genios. Porque, ¿Qué hice mal? No, no, yo nada, de eso estoy seguro, pero no desmiento que mi verdad relativa pueda matar personas.
Eso me lo preguntó la chica de la camilla después del ataque, y yo sólo pedí que desconectaran el corazón artificial que me mantenía con vida.
Pero quizá, y sólo quizá, alguien me recuerde y me perdone. Eso sí, le dará igual a mi cadáver mugriento.

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