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viernes, 29 de junio de 2012

Espejos.

Hoy soy la esquina de un espejo quebrantado. Permanezco roto, esculpido a golpes de las manos del tiempo.

Mi cristal fraccionado refleja convexidades y concavidades de lo que parece un pasado perpetuo y un futuro incierto y desgarrado.

Me queman las extremidades, dejo de sentirlas en el momento de inmersión al sueño.

Me siento ebrio, precisamente porque dejo de sentir. Es extraño. La droga se acumula en mi sangre y su efecto se hace tangible. Sueño.

Sueño que me levanto de una playa virgen, y llego hasta los labios de la tierra, que rozan mi piel con el tacto de un beso cálido. Me estremezco.
Ahora todos mis sentidos están hipersensibilizados.
Mis movimientos involuntarios dirigen mis brazos a rodear de nuevo la virginidad de aquellas arenas. Se palpa la sensualidad bajo las sabanas algodonosas de las nubes. Mis párpados se cierran.

Amanecí en mi cama, junto a la única musa que me impulsa a relatar mis sueños. Acaricié su cabello, pasando mi mano por la cintura primero.
Después desperté, otra vez.

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