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jueves, 3 de mayo de 2012

Afrodita.

Vi el Sol sin ser Idalia,
Y ahora Venus despertó,
Surgiendo de la espuma
Que rezuma en su color,
Volando entre dulzura,
Vientos de azul y amor,
Afrodita que enamoras,
Ven a la noche,
No olvides tu voz.


Era su mirada, estaba claro, enamoraba a cualquiera, viera quien la viera, abandonaba su mano, la desposeía, en un intento inútil de hacer vagar su pulso por otras rutas menos explotadas, más vírgenes. Todos la conocían, era la reina del baile eterno de la música, la musa de quien requería inspiración, y del que sólo buscaba placer. Era única, y común. Todos la querían, deseaban, contemplaban... Pero ella no seducía, era su esencia innata, un halo invisible de misterio y odio a lo que se alejaba de la pureza.
- ¿Quién?. Nunca había respuestas, los sueños no querían contestar. -¿La conocía?...

No, era aquella de la que todos hablaban, pero... Si, la conocí, pero no parecía tan... tan hechizante...
Hice bien en utilizar ese verbo, en ese tiempo, porque da la opción de cambiar todo lo dicho, transformarlo en una negación que ponga en duda mi capacidad de asimilar, de percibir, o describir.
Las apariencias engañaron, o me engañaron a mi.
Afrodita me enseñó el placer que otorga visualizar la estampa de su perfección. Un placer al que me hice adicto.

Al abrir los ojos encontré su sonrisa en mi boca. Aquello no era de extrañar, el sentimiento era mutuo, y nuestro silencio había dicho más que algunas de mis palabras torpes. Ella siempre decía que no confiaba en lo ajeno, lo desconocido, lo extraño... Pero su mirada llevaba mucho tiempo rendida a una fuerza inexorable en la que nos veíamos involucrados los dos, a ciegas, en una oscuridad placentera, un frío que tensaba, tensión suave, suavidad abstracta.
La complejidad de aquella sensación no frenaba ese impulso involuntario, sino que lo seducía, como un agujero negro, un puente hacia un universo paralelo, una transición reversible que nos llevaba a un mundo de fantasía... Y de destrucción.
Se deformaron los conceptos sobre los que se asentaba lo nuestro, ella se empeñaba en huir de los espejismos de ilusión que yo creaba, y yo me aferraba al mástil más frágil, de una embarcación que naufragaba sin remedio.
Pero esa divergencia evitaba cualquier monotonía, y creaba una historia de norias de feria, con cimas y faldas debajo de las cuales era mejor no mirar.
Por eso me había besado, para llegar a aquel punto álgido de éxtasis y clímax, para sentirlo corriendo por los vasos sanguíneos de mis ojos.

No hubo ocaso en su horizonte porque la luz cegaba con rabia su dolor, le servía en bandeja nacarada lo sublime del placer, un constante ajetreo de aves migratorias que vuelan hacia un punto concreto, de clímax.
Era dantesco el escenario de tal pareja, atroz la visión del espectáculo humedecido por una lluvia fina, molesta. Ambos se miraban en la acera de una rotonda en cuyo centro se alzaba una fuente que fusionaba su agua con el de las precipitaciones en un repetitivo ciclo. Las nubes se amontonaban sobre sus cabezas, fundidas con el cielo, tiñendo de blanco y negro sus besos, una pena para la mirada de ella, azul y resplandeciente, que apenas se discernía a causa del nefasto tinte. Sus manos blancas sí resaltaban en el contorno del cuello ajeno, y sus labios hinchados pedían sexo a kilómetros. Los de él se precipitaban a tientas en la oscuridad de la otra boca, adivinando con la lengua el tacto de esa sonrisa, que parecía inalcanzable, ahora a unos pocos centímetros de su cuerpo, tangible como su culo, su vientre, sus senos...
Ruborizándose por dentro, conteniendo el furor del objetivo conseguido, me adentré en aquel que soñaba despierto, y comencé a sentir deseo...
Todo había salido bien, después ella se marchó.
Tras la invitación que sugería el capricho de mis dedos, nos encontramos ocultos en mi habitación, deshaciéndonos de la ropa mojada y caliente... "Era la excusa perfecta" pensé luego, pero después recordé que esa estampa se podía repetir sin depender del azaroso clima. Los cuidados bordes del sujetador dibujaban la silueta provocadora de unas tetas suculentas, proporcionadas, deseables, casi comestibles... Sus dedos acariciaban mi torso desnudo, erizándoseme el vello en una mezcla de escalofrío y placer. Ella entonces no sentía nada más que deseo, calor, y un amor más carnal que sentimental. Pero daba igual, ese era el trato. Desabroché su ropa interior con una maestría precipitada, más fuerza que maña, con inutilidad del que ansía recoger su voluptuosidad con el cuerpo propio, haciendo mío ese pecho, esa cintura y esos muslos de carne ardiente........

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