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sábado, 5 de mayo de 2012

Sueño.

Ella hacía que el silencio fuera pura apariencia. Era un cuerpo de ángel, de nieve, delicado, compuesto por las intersecciones de sus curvas. Éstas formaban un mapa secreto que llevaba a la x tan deseada, aquella cruz, aquel pliegue que tantos hemos deseado lograr. Mis dedos recorrían los caminos con ansia contenida, sabiéndose vigilados por el tacto de aquella mujer. Si, era un autentico mapa, dibujado con la sutilidad de las estrellas en el celeste. Aprendí a leer el braille único de su piel.
Se incorporó en la cama, mirando a su alrededor, observándolo todo con curiosidad. Miró con ternura mi rostro, mordiendo con sus ojos mi yugular, explorando por qué mis imperfecciones no lo eran para ella. Imaginó que todo volvería algún día a la inocencia del principio, pero se entristeció entendiendo que este es un ciclo en el que hay cosas que nunca se repetirán. Su pelo descendía sedoso y brillante por sus hombros, tapando parte de su cuerpo desnudo, tumbado frente al mío, que soñaba con los ojos entrecerrados. Ella pensó que yo estaría soñando con nosotros, feliz, engañado bajo los focos de la inconsciencia que alumbrarían mis pensamientos. Y de pronto, se sintió más desnuda, más frágil, más vulnerable, expuesta ante las apetencias de mis deseos, que harían con su cuerpo lo que mi subconsciente consintiera. Luego pensó que tal vez esos sueños me llevarían a imaginar cosas imposibles, y temió sentirse culpable, por no cumplir las expectativas de mi retorcida mente, por no estar a la altura de mi imaginación. 

Tal vez debiésemos suprimir los sueños, porque es bonito tener alas cuando apetece volar, pero más vale no tenerlos, que nadie pueda cortárnoslas y hacernos caer en la realidad.
 
Ella después despertó. Yo estaba mirando sus ojos, obnubilado, admirando esa gracilidad expresada en sus labios.
Al día siguiente volvió a despertar, sin poder diferir sueño y realidad. Me vio atado a su cuerpo, con una sonrisa tímida.
No podemos dejar de soñar porque es el motor que nos impulsa en el más profundo vacío.
Ella recogió mi cuerpo entre sus brazos, inerte, cogió mi cabeza con una mano y el resto del cuerpo se lo puso a la espalda. La sangre había manchado la cama y la herida que abría mi nuca aun estaba enrojecida. El olor era nefasto, repulsivo, pero su combinación con el perfume que aun rezumaba de mi cuello excitaba a aquella mujer. Tras meterme en el congelador, juró no volver a utilizar sábanas limpias cuando me utilizara como su juguete, le desagradaba el olor a naftalina o suavizante.
Mi cabello ya no se erizaba por el frío, y mi cuerpo procedía a su descomposición, pero no me importaba, estaba muerto desde hacía once horas.

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