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lunes, 21 de mayo de 2012

Sexo.

Esta madrugada me desperté de un sueño profundo. Creía que esos sueños eran mas largos. Me equivoqué. Las sabanas ataban mis piernas y mi sudor empapaba la cama. Tenía calor, mucho, y deseaba beber del agua que fuera llovía. Cada gota irrumpía en mi cabeza con el ímpetu de los grandes océanos, oscuros, tenebrosos, y cuya inmensidad apesadumbraba mis pensamientos. Era sin embargo agradable escuchar esa vocecilla bajo aquel monótono sonido. Otra vez, la misma voz, la que siempre me sigue adondequiera que vaya, como un fantasma impertinente o un hada mágica cuya compañía siempre se hacía notar.

Me desperté de nuevo. Silencio. Tras la tempestad vino la calma, y con ella aquel susurro desapareció. Pero ahí seguía, oculto bajo el manto de mi ignorancia, aquel que no me permite conocer lo que yo mismo sé.
Otras veces había advertido esa voz de manera distinta, pero aquella noche su constante deseo me hizo asegurar un objetivo.
Desde que mi cuerpo es dueño y esclavo de mis pasiones, no paro ningún día de pensar en lo que supone complacerlas en la compañía de aquella mujer de aspecto seductor. Me engañaba, me hacía creer que la quería, y eso solo escondía algo mucho más íntimo: la necesitaba.
Sus cabellos brillantes caían sobre su pecho, y contorneaba la figura que todo hombre querría acariciar, aquel dulce rostro de ojos fríos que quemaban por dentro. Era preciosa, y ella lo sabía, no era su voz la que me despertaba por la noche, era la necesidad de oirla la que cobraba vida e impedía mi sueño.
Tan sólo habían pasado semanas desde que estábamos juntos, pero esa necesidad vital de ser suyo, parecía que llevaba queriendo salir desde hace mucho más tiempo.
Ya era de día, y mis pensamientos se perdían como cada mañana entre los cereales del desayuno. No estoy loco, lo juro, no pienso en ello por estarlo, pero quizá tenerlo en mente me lleve algún día a la perdición. Mientras recogía mis cosas de la habitación, pensé en cómo sería aquella tarde de domingo a solas con aquella mujer.
Las cinco, quedaba ya muy poco. Ella apareció como de costumbre, con una camiseta ajustada de tirantes que realzaba su excitante figura, y con aquella sonrisa que se ponía para mi. Era fuego, fuego lo que sentía, necesitaba quemar mis instintos, calentar su aliento con el mío, hacer que todo aquello fuera como el sexo más pasional que uno pudiera imaginar. No tardó en descubrir mi torso desnudo, la temperatura subió de repente, y me sentía cachondo como nunca, pero como siempre. Sus manos recorrieron cada centímetro de mi piel y sus labios rozaron los míos solamente un instante, suficiente para suscitar el derroche de pasión. En seguida brotaron mis instintos, que habían permanecido en vida latente durante algún tiempo. Por fin, ya quedaba poco, bajaba sus manos por mi cintura, mientras besaba mi vientre, desabrochó mis pantalones con una prodigiosa habilidad, e hice lo propio con el sujetador que ocultaba en parte su figura. Tiene un pecho precioso, envidiable, que me gusta besar todo lo que puedo, me hace sentir algo increíble, un éxtasis pasional que hierve la sangre y me hace desvariar. Te dio igual, era tuyo, podías hacer conmigo mil locuras, ponerme como sólo tú sabes, controlando cada movimiento, cada beso, frenando adrede mis impulsos y eligiendo los apropiados para tu propio disfrute. Eso me pone, que domines la situación, que hagas conmigo lo que quieras, ser tuyo por un momento, justo antes de que pasemos a la acción y sea yo quien tome el mando. Mientras agarras mi cuello me miras y sonríes. Soy tuyo, me tienes, haré lo que quieras. Después sigues con tu actuación erótica, poniendo en contacto tu cuerpo ardiente con el mío, juntando ambos sexos que piden lo mismo, ser uno solo. Me agarras del pelo, ahora quieres que te bese, tú estas abajo y verte así me encanta.

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