Seguidores

miércoles, 2 de mayo de 2012

Entre sábanas.

Después de esa mañana, nada sería igual. Su cuerpo había sido mío por unas horas, suficientes para satisfacer lo más íntimo de mis deseos, toda una suerte de inventario pasional que compendia desde lo más fiero de la suculencia de la carne hasta la fría sutileza del sentimiento.
El amor a veces es una avenida secreta, a la que se llega por miles de callejones ocultos, invisibles.
Otras, es un fluido que se expande como las ondas tejidas por una piedra tirada a un estanque.
También puede ser como la misma piedra que cae a lo más hondo, lo más profundo, rodeada de un ambiente gélido, tenebroso, extraño...
Su espontaneidad se hacía notar con cada gesto, ella no pensaba como las demás. Nos acurrucamos entre sábanas nuevas, dejando que nuestros cuerpos se dieran calor, manteniendo el contacto físico en todo momento. Pero era el visual el que esclarecía esa temperatura, síntoma evidente de que las sábanas no eran necesarias, pero no las apartábamos, como cuando miras llover a través de la ventana metido en sus pliegues, junto a tu almohada.
Jugábamos a sonreír sin ser vistos, a ocultar nuestros labios en el cuello del otro, a susurrar delicadezas, a hacer que el silencio fuera pura apariencia.
Ella perfilaba mi cuerpo con las puntas de sus dedos, en un ritmo implacable, dulce, caliente.
Yo no me podía limitar a observar aquella escena, me hice protagonista en un arrebato de pasión y lujuria, y después, la deseada monotonía que nos esperaba desde que empezamos, aquel objetivo que se encuentra sin buscar, ese fin que supone el comienzo de un ciclo irrepetible.

Soñé despierto que soñabas con mi sueño, y ahora el silencio sabe que no podemos perdernos en palabras, sino en sábanas y en mi cama, mi cariño, tu mirada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario