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domingo, 13 de mayo de 2012

Enfermo.

Reniego de mis impulsos, de mis temores al miedo, me acobardo. Una estampida vírica penetró con brusquedad las vías, las arterias y cada capilar sanguíneo hacia una meta. Se retuerce y grita, es un espectáculo execrable, digno de ser condenado a cadena perpetua en las mentes más retorcidas. Su voz tiene cada vez menos fuerza, resuena débilmente a través del ensangrentado aparato fonador, y sólo repite "lo siento". Su arrepentimiento es negro, demasiado oscuro para ser tenido en cuenta, oculto entre la luz de la pureza virgen de su otra cara. Y no sangra, se duele, pero su sufrimiento no expira, se calma, para revertir su efecto devastador en un tiempo indeterminado. Estaba enamorado, esa era su enfermedad, servir a una mujer culpable, denostada por un odio naciente, que da importancia a su objetivo, en un intento vano de ser así más claro, menos confuso.

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