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jueves, 31 de mayo de 2012

Divagando.

Sustancia en combustión,
en efímera existencia,
que no conoce su esencia
ni posible solución
a ese fuego que quema,
ese ardor,
ese dolor que emana,
que rema en contra del amor.



En aquel claro de Luna el césped era suave y fresco, y me animaba a seguir con ímpetu la búsqueda de mi amada. Ella, aunque inexpresiva, siempre sabía sacarme una sonrisa, me daba todo lo que yo necesitaba, y conocía cómo complacer con sus detalles.
Ahí estaba siempre, ella, vi como una pancarta que proclamaba su nombre a los cuatro vientos, anunciando la presencia de mi diosa particular.
En un instante el universo se tiñó de negro, y todo lo conocido era miedo y oscuridad. Las sombras murieron, reclamaban su protagonismo desde el averno. Tras la intensa lucha conseguí salir -no sin heridas- de aquel cuerpo envolvente, mórbido y fúnebre, y seguí, iluminado por una luna amarilla y mil estrellas espías, mi camino por el cementerio. Cogí mi pala y mordí mi camisa de cuadros para saborear los restos sanguíneos que la manchaban. La siguiente se llamaba Lucy, o eso ponía en su epitafio.

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