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lunes, 16 de abril de 2012

Mar de la Serenidad.

Nací para ver estrellas pero nunca alcanzarlas;
vencí fantasmas del pasado de una noche nublada;
llovía de lado y los suspiros dantescos perforaban tímpanos de los transeúntes desolados.


El panorama helador aumentaba mis ansias de estremecerme de nuevo en un beso eterno de los que dejan cicatrices dulces que merece la pena recordar al acariciarlas con los dedos, como las resultantes de una guerra victoriosa.
Quiero un beso.
Quiero sexo.
Quiero cambiar mi destino, mi suerte, y decidir las estrellas que quiero observar cada mañana.


Y, ¿No es genial ver llover a través del cristal y saber que todo está perfecto en el calor de las sábanas?
Claro, tardé en entenderlo.
No debí trastornarme por la lluvia, el frío, la ventisca de desesperanza.


Ahora sé que Nada puede ser Todo y que Todo puede acabar mañana, pero que dependerá del azar.
Ese azar me hace reflexionar que lo que quise algún día, hoy cambió de tonalidad, y que entre el negro y el blanco hay grises que plasmados en las nubes me enseñan un camino alternativo a la Luna.
Quizá el problema fuera intentar llegar a ella con la luz del Sol, pero ahora ascenderé con el viento en busca de un camino que me lleve al mar de la Serenidad, un mar, claro, sin agua, el frío lo impide, pero nuestro calor creará vida con cada beso, con cada verso, con cada abrazo y con cada "te quiero".

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